miércoles, 13 de abril de 2011

SEÑOR, QUIERO ARDER HASTA CONSUMIRME ENTERAMENTE POR TI



LA VIDA DE HENRY MARTYN

1781 – 1812
Arrodillado en una playa de la India, Henry Martyn derramaba su alma ante el Maestro y oraba: “Amado Señor, yo también andaba en el país lejano; mi vida ardía en el pecado....quisiste que yo regresase, ya no más un tizón para extender la destrucción, sino una antorcha que resplandezca por ti (Zacarías 3:2) ¡Heme aquí entre las tinieblas más densas, salvajes y opresivas del paganismo. Ahora, Señor quiero arder hasta consumirme enteramente por ti!”
El intenso ardor de aquel día siempre motivó la vida de ese joven. Se dice que su nombre es: “el nombre más heroico que adorna la historia de la Iglesia de Inglaterra, desde los tiempos de la reina Isabel”. Sin embargo, aun entre sus compatriotas, él no es muy conocido.
Su padre era de físico endeble. Después que él murió, los cuatro hijos, incluyendo Henry, no tardaron en contraer la misma enfermedad de su padre, la tuberculosis. Con la muerte de su padre, Henry perdió el intenso interés que tenía por las matemáticas y más bien se interesó grandemente en la lectura de la Biblia.
Se graduó con honores más altos de todos los de su clase. Sin embargo, el Espíritu Santo habló a su alma: “Buscas grandes cosas para ti, pues no las busques.”
Acerca de sus estudios testificó: “Alcancé lo más grande que anhelaba, pero luego me desilusioné al ver que sólo había conseguido una sombra.”
Tenía por costumbre levantarse de madrugada y salir a caminar solo por los campos para gozar de la comunión íntima con Dios. El resultado fue que abandonó para siempre sus planes de ser abogado, un plan que todavía seguía porque “no podía consentir en ser pobre por el amor de Cristo”.
Al escuchar un sermón sobre “El estado perdido de los paganos”, resolvió entregarse a la vida misionera.
Al conocer la vida abnegada del misionero Guillermo Carey, dedicaba a su gran obra en la India, se sintió guiado a trabajar en el mismo país.
El deseo de llevar el mensaje de salvación a los pueblos que no conocían a Cristo, se convirtió en un fuego inextinguible en su alma después que leyó la biografía de David Brainerd, quien murió siendo aún muy joven, a la edad de veintinueve años.
Brainerd consumió toda su vida en el servicio del amor intenso que profesaba a los pieles rojas de la América del Norte.
Henry Martyn se dio cuenta de que, como David Brainerd, él también disponía de poco tiempo de vida para llevar a cabo su obra, y se encendió en él la misma pasión de gastarse enteramente por Cristo en el breve espacio de tiempo que le restaba. Sus sermones no consistían en palabras de sabiduría humana, sino que siempre se dirigía a la gente, como “un moribundo, predicando a los moribundos”.
A Henry Martyn se le presentó un gran problema cuando la madre de su novia, Lidia Grenfel, no consentía en el casamiento porque él deseaba llevar a su esposa al extranjero. Henry amaba a Lidia y su mayor deseo terrenal era establecer un hogar y trabajar junto con ella en la mies del Señor. Acerca de esto él escribió en su diario lo siguiente: “Estuve orando durante hora y media, luchando contra lo que me ataba...Cada vez que estaba a punto de ganar la victoria, mi corazón regresaba a su ídolo y, finalmente, me acosté sintiendo una gran pena.”
Entonces se acordó de David Brainerd, el cual se negaba a si mismo todas la comodidades de la civilización, caminaba grandes distancias solo en el bosque, pasaba días sin comer, y después de esforzarse así durante cinco años volvió, tuberculoso, para fallecer en los brazos de su novia, Jerusha, hija de Jonatan Edwards.
Por fin que Henry Martyn también ganó la victoria, obedeciendo al llamado a sacrificarse por la salvación de los perdidos. Al embarcarse, en 1805, para la India, escribió: “Si vivo o muero, que Cristo sea glorificado por la cosecha de multitudes para EL”
A bordo del navío, al alejarse de su patria, Henry Martyn lloró como un niño. No obstante, nada ni nadie podían desviarlo de su firme propósito de seguir la dirección divina. El también era un tizón arrebatado del fuego, por eso repetidamente decía: “Que yo sea una llama de fuego en el servicio divino.”
Después de una travesía de nueve largos meses a bordo y cuando ya se encontraba cerca de su destino, pasó un día entero en ayuno y oración. Sentía cuán grande era el sacrificio de la cruz y cómo era igualmente grande su responsabilidad para con los perdidos en la idolatría que sumaban multitudes en la India.
Siempre repetía: “Sobre tus muros, oh Jerusalén, he puesto guardas; todo el día y toda la noche no callarán jamás. Los que os acordáis de Jehová, no reposéis, ni le deis tregua, hasta que restablezca a Jerusalén, y la ponga por alabanza en la tierra” (Isaías 62:6,7).
La llegada de Henry Martyn a la India, en el mes de abril de 1806, fue también en respuesta a la oración de otros. La necesidad era tan grande en ese país, que los pocos obreros que habían allí se pusieron de acuerdo en reunirse en Calcuta de ocho en ocho días, para pedir a Dios que enviase un hombre lleno del Espíritu Santo y de poder a la India. Al desembarcar Martyn, fue recibido alegremente por ellos, como la respuesta a sus oraciones.
Es difícil imaginar el horror de la tinieblas en que vivía ese pueblo, entre el cual fue Martyn a vivir.
Un día, cerca del lugar donde se hospedaba, oyó una música y vio el humo de una pira fúnebre, acerca de las cuales había oído hablar antes de salir de Inglaterra.
Las llamas ya comenzaban a subir del lugar donde la viuda se encontraba sentada al lado del cadáver de su marido muerto. Martyn, indignado, se esforzó pero no pudo conseguir salvar a la pobre víctima.
En otra ocasión fue atraído por el sonido de címbalos a un lugar donde la gente rendía culto a los demonios. Los adoradores se postraban ante un ídolo, obra de sus propias manos, ¡al que adoraban y temían! Martyn se sentía “realmente en la vecindad del infierno”.
Rodeado de tales escenas, él se esforzaba más y más, incansablemente, día tras día en aprender la lengua. No se desanimaba con la falta de fruto de su predicación, porque consideraba que era mucho más importante traducir las Escrituras y colocarlas en las manos del pueblo.
Con esa meta fija en su mente perseveraba en la obra de la traducción, perfeccionándola cuidadosamente, poco a poco, y deteniéndose de vez en cuando para pedir el auxilio de Dios.
Cómo ardía su alma en el firme propósito de dar la Biblia al pueblo, se ve en uno de sus sermones, conservado en el Museo Británico, y que copiamos a continuación “Pensé en la situación triste del moribundo, que tan sólo conoce bastante de la eternidad como para temer a la muerte, pero no conoce bastante del Salvador como para vislumbrar el futuro con esperanza. No puede pedir una Biblia para aprender algo en que afirmarse, ni puede pedir a la esposa o al hijo que le lean un capítulo para consolarlo. ¡La Biblia, ah, es un tesoro que ellos nunca poseyeron! Vosotros que tenéis un corazón para sentir la miseria del prójimo nosotros que sabéis cómo la agonía del espíritu es más cruel que cualquier sufrimiento del cuerpo, vosotros que sabéis que está próximo el día en que tendréis que morir. ¡OH, dadles aquello que será un consuelo a la hora de la muerte!”
Para alcanzar ese objetivo, de dar las Escrituras a los pueblos de la India y de Persia, Martyn se dedicó a la traducción de día y de noche, en sus horas de descanso y mientras viajaba.
No disminuía su marcha ni cuando el termómetro registraba el intenso calor de 50º, ni cuando sufría de fiebre intermitente, ni debido a la gravedad de la peste blanca que ardía en su pecho. Igual que David Brainerd, cuya biografía siempre sirvió para inspirarlo, Henry Martyn pasó días enteros en intercesión y comunión con su “amado, su querido Jesús”.
“Parece”, escribió él, “que puedo orar cuanto quiera sin cansarme. Cuán dulce es andar con Jesús y morir por EL...” Para él la oración no era una mera formalidad, sino el medio de alcanzar la paz y el poder de los cielos, el medio seguro de quebrantar a los endurecidos de corazón y vencer a los adversarios. Seis años y medio después de haber desembarcado en la India, a la edad de 31 años, cuando emprendía un largo viaje, falleció.
Separado de los hermanos, del resto de la familia, rodeado de perseguidores, y su novia esperándolo en Inglaterra, fue enterrado en un lugar desconocido.
¡Fue muy grande el ánimo, la perseverancia, el amor y la dedicación con que trabajó en la mies de su Señor! Su celo ardió hasta consumirlo en ese corto espacio de seis años y medio. Nos es imposible apreciar cuán grande fue la obra que realizó en tan pocos años. Además de predicar, logró traducir parte de las Sagradas Escrituras a las lenguas de una cuarta parte de todos los habitantes del mundo.
El Nuevo Testamento en indí, indostaní y persa, y los evangelios en judaico-persa son solamente una parte de sus obras.
Cuatro años después de su muerte nació Fidelia Fiske en la tranquilidad de Nueva Inglaterra. Cuando todavía estudiaba en la escuela, leyó la biografía de Henry Martyn. Anduvo cuarenta y cinco kilómetros de noche, bajo violenta tempestad de nieve, para pedir a su madre que la dejase ir a predicar el evangelio a las mujeres y les habló del amor de Jesús, hasta que el avivamiento en Oroomiah se convirtió en otro Pentecostés. Si Henry Martyn, que entregó todo para el servicio del Rey de Reyes, pudiese hoy visitar la India y Persia, cuán grande sería la obra que encontraría, obra realizada por tan gran número de fieles hijos de Dios, en los cuales ardió el mismo fuego encendido por la lectura de la biografía de ese precursor.

sábado, 2 de octubre de 2010

LA VIDA DE HUDSON TAYLOR



Hudson Taylor era un hombre que siempre llevaba responsabilidades, su carácter era intensamente práctico. Era una persona de estatura pequeña y poco robusto y siempre tenía que hacer frente a sus limitaciones físicas. Desde su juventud cuando tenía dieciséis años tenía que mantenerse, era un trabajador perseverante y un profesional médico eficiente.
Puso aprueba las promesas de Dios comprobando que “es posible vivir una vida espiritual consecuentemente sobre el mas alto nivel”.
El secreto espiritual de Hudson Taylor se resume en “apropiarse de la insondables riquezas de Cristo para satisfacer cada necesidad temporal o espiritual.
Fue salvo en su niñez, cuando por un lado él estaba leyendo la Biblia y por el otro su madre oraba intensamente por la salvación de su hijo.
Hudson Taylor encontro en Dios la satisfacción que necesitaba. Él no podía satisfacerse con nada a menos que de lo mejor, y lo mejor era la presencia de Dios, vivir sin ella era vivir sin la luz del día y trabajar sin el poder de Dios.
Desde muy joven tenía experiencias de la plena comunión con Dios.
"La frialdad del corazón es el resultado del descuido de la oración y de la meditación de las Escrituras.”
“No hay época de la vida en que haya mayor capacidad para la devoción, si el corazón se ha abierto para recibir el amor de Cristo.”
Hudson Taylor era un muchacho normal que llevaba una vida activa, era muy trabajador. Antes de ser llamado él estaba trabajando constantemente. Con el tiempo Dios le llamó para ser misionero a China. Para Hudson Taylor obedecer a Dios era algo muy practico, el empezó a prepararse físicamente, preparaba su cuerpo haciendo ejercicio, durmiendo en un colchón duro, levantándose muy de temprano, también estudiaba el idioma de China aunque tenía poco material para su estudio.
Trabajaba durante toda la semana y los domingos después de los cultos hacia obra de evangelista entendiendo que solo hay una persona que nos puede hacer pescadores, Dios.

“No se logra un carácter como el de Cristo. No se puede hacer una obra como la de Cristo sino a gran precio.”

sábado, 6 de febrero de 2010

El Salvador espera y el mundo necesita



por F.B.Meyer

“Fue cuando Stanley Smith y Carlos Studd se hospedaron en nuestra casa, que inicie el mayor periodo de bendiciones de mi vida. Antes yo era un creyente precipitado e inconstante: a veces ardía de entusiasmo, para después pasar días enteros triste y desanimado. Me di cuenta que esos dos jóvenes poseían una cosa que yo no tenía: algo que les era una fuente perenne de sosiego, fuerza y gozo. Nunca me olvidaré de una mañana, en el mes de noviembre, al nacer el sol, cuando la luz entraba por la ventana adentro de la habitación, donde yo meditaba sobre las Escrituras desde la madrugada.
La conversación que tuve, entonces, con los dos jóvenes, influenció el resto de mi vida. ¿No debía yo hacer lo que ellos habían hecho? ¿No debía yo ser, también un vaso (a pesar de ser barro? para el uso del Maestro?
Así escribió el amado y santo predicador F.B. Meyer, sobre el cambio de su vida que resultó en tanta gloria par Cristo en la tierra.
Eso es lo que el Salvador espera y que el mundo necesita.
Extraído del libro “Heróis da Fé” de Orlando Boyer

Traducido por Wiarly Muñoz G. 05 de febrero de 2010

sábado, 30 de enero de 2010

David Livingstone





Hace 200 años África era un continente desconocido. Gracias a los esfuerzos del Dr. David
Livingstone, África se abrió a la civilización occidental y sobre todo al evangelio.

Livingstone fue el primer hombre en atravesar el continente africano. Viajó casi 50,000 km y sus
exploraciones agregaron más de millón y medio de km2 a la superficie conocida de la tierra.
Descubrió los lagos Ngami, Shirwa, Nyassa, Morero y Bangweolo. Descubrió también el alto
Zambeze y muchos otros ríos, así como las cataratas Victoria. Fue el primer europeo que recorrió
todo el lago Tanganica y exploró las fuentes del río Nilo.

Cuando se enteró de la muerte de Livingstone, la filántropa Florence Nightingale dijo: “Dios se ha
llevado al hombre más grande de esta generación”. Aunque teológicamente el comentario no es
acertado, muestra el profundo aprecio que el mundo occidental sentía por este misionero.

El Dr. David Livingstone nació el 19 de marzo de 1813 en Blantyre, Escocia. A la edad de diez años
ya tabajaba en una fábrica de textiles. Sus padres fueron devotos cristianos que siempre trataron
de inspirarle fervor por el trabajo misionero. Livingstone aceptó a Jesucristo a la edad de 21 años.
De ese momento en adelante decidió convertirse en un médico misionero.

Un día escuchó que el misionero Robert Moffat decía: “Es imperativo seguir la labor misionera en
África. Necesitamos jóvenes dispuestos al sacrificio y deseosos de predicar el evangelio de
Jesucristo. El trabajo en Kuruman no puede continuar sin la ayuda de nuevos misioneros”.

Inspirado por estas palabras, durante el próximo año y medio Livingstone ahorró cuanto pudo para
completar sus estudios. Luego de graduarse de médico se preparó para ir al África. El 8 de
diciembre de 1840 se embarcó con rumbo a Bechuanalandia (hoy Botsuana) y llegó hasta
Kuruman, una colonia fundada por el misionero Moffat.

Permaneció en Kuruman por un año y luego consiguió permiso para ir unos 1,000 km hacia el
interior de África para establecer otro campamento misionero. A pesar de la hostilidad de los bóers
(colonos blancos de origen holandés) Livingstone se estableció en Mabotsa.

En 1845 volvió a Kuruman donde conoció y se casó con Mary Moffat, la hija de Robert Moffat, con
la que tuvo cuatro hijos. A pesar de los peligros de la jungla, los caudalosos ríos y los animales de
la selva, algunas veces viajaba con su familia. Fue el primero en cruzar el desierto de Kalahari en
1849. Entre 1878 y 1879 muchos de los bóers que intentaron cruzar ese desierto murieron de sed.
Después de cruzar el Kalahari descubrió el lago Ngami. En 1851 en compañía de su esposa Mary y
sus cuatro hijos descrubrió el río Zambeze.

Entre noviembre de 1853 y mayo de 1856 completó uno de los viajes más asombrosos que haya
realizado un ser humano. Atravesó África de costa a costa. Más de seis mil kilómetros de territorio
inexplorado, sin medios de transporte, sin caminos, telégrafos o ninguna otra forma de
comunicación con el mundo exterior. En 1855 descubrió y le puso nombre a las cataratas Victoria,
hoy parte de la frontera entre Zimbabue y Zambia.

En 1857 escribió el libro “Misiones e investigaciones en el sur de África” que lo hizo famoso. En
1858 descubrió el lago Nyasa (hoy lago Malawi). En 1859 descubrió el lago Chilwa. Durante sus
expediciones, Livingston tomó conciencia de los padecimientos de los indígenas africanos a causa
del repudiable e inmisericorde tráfico de esclavos ejercido por los árabes y los portugueses.

En 1862 haría el último viaje junto a Mary su esposa quien murió de fiebre ese mismo año. Poco
después del entierro de Mary, Livingston dijo: “Lloré a Mary porque merece todas mis lágrimas. La
amaba cuando me casé con ella y por siempre la amaré”.

En 1865 escribió el libro “Relato de una expedición al Zambeze y sus afluentes”. Este libro era una
rotunda condena al comercio de esclavos.

Livingstone escribió: “Soy misionero en alma y corazón. Dios tuvo un hijo y su Hijo era misionero y
médico. Me he dado cuenta que solamente soy una pobre imitación de Jesús, pero quiero vivir y
morir sirviendole a Él”.

Su último esfuerzo misionero lo llevó al norte de África, hasta donde ningún misionero había
llegado. Durante sus expediciones muchas veces lo azotaron fiebres y diversas enfermedades, pero
se sobreponía y oraba diciendo: “Padre Dios, te pido me des fuerzas para seguir explorando estas
tierras y poder abrir el camino para los misioneros que vengan después de mí”.

En 1869 descubrió los lagos Moero y Bangweulu y llegó hasta el lago Tanganica que había sido
descubierto por dos ingleses once años antes.

En 1870 descrubrió el río Lualaba y luego de pasar muchas visicitudes logró llegar al poblado de
Ujiji.

Mientras tanto, en Europa y América, pasaron varios años sin que se supiera del paradero del Dr.
Livingstone. La comunidad internacional comenzó a expresar una creciente precupación. Fue
entonces que el periódico norteamericano “The New York Herald” envió al periodista y explorador
Henry Morton Stanley, con el reto y la comisión de “hallar al Dr. Livingstone”.

El 10 de noviembre de 1871, la caravana de Henry Morton Stanley llegó a Ujiji. A su arribo encontró
al Dr. Livingstone muy enfermo y desnutrido. Como casi no podía reconocerlo, lo saludó diciendo:
“El Dr. Livingstone supongo”. Livingstone emocionado se acercó a él con paso vacilante. Stanley le
dijo a sus colaboradores: “Cuiden del Dr. Livingstone, no podemos permitir que muera en nuestras
propias manos”. Los dos hombres iniciaron una gran amistad y en cuanto Livingstone se recuperó,
salieron juntos en algunas exploraciones.

Poco tiempo después Stanley tuvo que volver a Nueva York y pensaba: “Livingstone es un
monumento viviente, pero no creo que soporte mucho tiempo los rigores de esta vida de misionero”.
Livingstone por su lado había disfrutado de la amistad genuina de Stanley. Contar con un amigo y
colaborador era algo que Livingstone no tenía desde la muerte de su esposa.

El Dr. Livingstone murió en Chitambo (hoy Zambia) el 30 de abril de 1873. Sus colaboradores lo
encontraron al día siguiente, de rodillas reclinado sobre un árbol. David Livingstone había
pronunciado su última oración, dejaba al África que tanto amó y se encontraba en la presencia de
Jesús su Salvador.

Como un homenaje y en agradecimiento al amor que Livingstone tenía por África, el pueblo de
Chitambo decidió enterrar su corazón al pie del árbol donde lo hallaron muerto. Su cuerpo y sus
pocas pertenencias (papeles y mapas) fueron enviados primero al puerto de Zanzibar y luego a
Inglaterra. Fue sepultado en la abadía de Westminster en el centro de Londres.

Después de la muerte de Livingstone, su amigo Henry Morton Stanley se ocupó de propiciar y
financiar los viajes de muchos misioneros que trabajaron incesantemente en la tierra que Livinstone
abrió para ellos.

Aparte de su trabajo misionero, sus mapas y sus libros, que cambiaron para siempre la forma en
que el mundo ve al África, Livingstone es considerado uno de los pioneros de la lucha contra el
tráfico y comercio de esclavos.

jueves, 26 de febrero de 2009

Recursos para un orfanato: Paciente espera en Dios




George Müller pensaba que si él, siendo un hombre pobre, y sin pedir nada a nadie sino a Dios, podía conseguir los medios suficientes para abrir y mantener una casa de huérfanos, habría un testimonio concreto de que Dios contesta las oraciones de su pueblo. Debido a la demanda de cupos, pronto se hizo evidente que sería necesario tener casas propias, construidas expresamente para tal propósito.


Como respuesta a la oración, desde el 10 de diciembre de1845, empezaron a llegar los donativos. Así fue como pronto se compraron los terrenos –a un precio muy rebajado– y se comenzó la construcción. El 18 de junio de 1849, los trescientos niños que a esa fecha eran atendidos, se fueron a su nueva casa, ubicada en el distrito de Ashley Down. Ocho años después, en noviembre de 1857, se inauguró la segunda casa, para la recepción de cuatrocientos huérfanos más. Pero eso no fue todo.
En marzo de 1862 se abrió la tercera, con capacidad para cuatrocientos cincuenta niños. En noviembre de 1868 se inauguró la cuarta, y en enero de 1870, la quinta. En total, los cinco edificios tenían una capacidad para más de 2.000 niños y niñas. No se trataba de construcciones livianas, levantadas como de emergencia, sino de piedra, muy sólidas, que fueron capaces de sortear el paso de los años.
Veinticinco años pasaron entre la construcción de la primera y la última casa, lo cual demuestra que no fue obra de un solo impulso generoso, ni de precipitación, sino de paciente espera en Dios, venciendo los obstáculos y allanando las dificultades por medio de la oración.

¡NOSOTROS TAMBIÉN ESPERAMOS PACIENTEMENTE EN DIOS POR RECURSOS PARA EL ORFANATO EN MOZAMBIQUE!

¿QUIERES SER EL INSTRUMENTO DE DIOS?

viernes, 30 de enero de 2009

No envíes Misionero..



No envíes Misionero si fueres a olvidarlo
No envíes Misionero si no quieres mantenerlo
No envíes Misionero si no quieres ayudarlo
No envíes Misionero si quieres sólo regreso financiero
No envíes Misionero sólo con palabras sin acción de hechos
No envíes Misionero para cobrar resultados rápidos
No envíes Misionero si crees que un misionero es un súper hombre
No envíes Misionero sólo para hacer nombre
No envíes Misionero si vas a dejar que le falte el pan
No envíes Misionero si va a faltarle comunicación
No envíes Misionero si tu corazón no va con él
No envíes Misionero si no eres capaz de amarlo

¡Solamente envía misionero su hay en tu vida y corazón, amor y compromiso con las misiones!

Traducido por Wiarly Muñoz Giampaoli

jueves, 15 de enero de 2009

¿Dijiste que no has sido llamado?


Por William Booth, fundador del Ejército de Salvación


“Más bien es que no escuchaste el llamado. Pon tu oído atento a la Biblia y escucha a Dios diciéndote que saques a los pecadores del fuego del pecado. Pon tu oído atento al corazón abrumado y agonizante de la humanidad y escucha su lastimera petición de ayuda. Ve y párate a las puertas del infierno y escucha a los condenados que te piden ir a la casa de sus padres para advertir a sus hermanos y hermanas, a sus siervos y amos, para que no vengan a ese lugar. Y ya que lo hagas, mira a Cristo cara a cara, a quien Su misericordia has profesado obedecer, y dile si unirás corazón, alma, cuerpo y circunstancias en la marcha para publicar Su misericordia al mundo.”
“La mayoría de las organizaciones cristianas desean que sus candidatos estudien en un seminario durante cuatro o cinco años. Yo preferiría que pudieran bajar al infierno sólo cinco minutos; tal experiencia sería la mejor calificación para una vida de ministerio compasivo.”
“Sacar a un hombre de su barrio, sanar su cuerpo, regalarle ropa decente, proveerle con una casa propia en el campo, y dejarle morir e ir al infierno... verdaderamente, no vale la pena.”
“Tus días aquí, sobre la Tierra, no son muchos, así que úsalos de la mejor manera posible, para la gloria de Dios y el beneficio de tu generación.”
“Ve por almas... y ve por las peores.”

sábado, 13 de diciembre de 2008

Espíritu Santo Compañero por R. A. Torrey



Una de las promesas más preciosas en toda la Palabra de Dios para esta era de la Iglesia está en Juan 14.16-17: "Y yo rogaré al Padre, y él os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre, el Espíritu de la verdad, que el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo conoce. Pero vosotros lo conocéis, pues habita con vosotros, y estará en vosotros."
Aquí el Espíritu Santo es presentado como otro Consolador que viene para tomar el lugar de nuestro Señor Jesús. Hasta este momento, Jesús siempre fue el amigo de sus discípulos, siempre presente para ayudarlos en cada emergencia que surgiera. Pero ahora Él se iba y sus corazones estaban llenos de consternación y Él quería decirles que mientras estuviera ausente, otro tomaría su lugar.
Mientras que Jesús esté lejos, hasta el día glorioso en que había de volver, otra persona, tan divina como Él, tan amoroso y cariñoso y fuerte para ayudar, estará a mi lado siempre, sí, habitando en mi corazón en cada momento para comulgar conmigo y ayudarme en cada emergencia que pueda posiblemente surgir.
La palabra griega que fue traducida "Consolador" en este pasaje significa mucho más que consolador. La palabra es "parakletos", que es una palabra compuesta de "para", que significa "al lado de", y "kletos", que significa "llamado". Así la palabra completa significa "alguien llamado para estar al lado de", alguien que fue llamado para tomar su parte y ayudarlo en cualquier emergencia que pudiera surgir. La idea es de un ayudante, siempre presente con su consejo y su fuerza y cualquier otra forma de ayuda que sea necesaria. ¡Que idea preciosa y maravillosa! En este pensamiento el Espíritu Santo es un amigo personal, siempre presente, está para sanar toda soledad. Si el pensamiento del Espíritu Santo como un amigo siempre presente, siempre a disposición, entra en su corazón y allí permanece, usted nunca más sentirá soledad mientras viva.